"Excuse à mes lèvres. Ils trouvent satisfaire dans les lieux les plus inattendus"

domingo, 19 de abril de 2009

sex&love...pasion





Evelyne, es la chica fugaz.

Hace unos años era una tonta enamoradiza,pero aprendió a jugar.

Disimuladamente claro está.

Se enamoraba de cualquier chico que le hacia un poco de caso.

Y le rompían el corazón una y otra vez...


Una vez, le tendieron una trampa, un chico que sabia lo tonta que era, se aprovecho para acostarse con ella.

Su primera vez.

Le dolió tanto enterarse de aquello, que su corazón se hizo fuerte y frió.

A partir de ese momento Evelyne, se acostó con muchos hombres...

La habían follado, había follado a gente.


Una noche de verano, en la terraza de un bar conoció a un chico, y claro estaba que iba a ser un juego como fue con todos los demás.

Puede incluso que al día siguiente no se acordara de su nombre.

Tal vez Carlos? David? Víctor?

No lo recordaría, así que no provaría a llamarle por su nombre...


Como era de costumbre, al poco rato esta en su cama, en la cama de el.

Vivía en un piso muy cuco, a las afueras de Alicante, cerca de la playa...
Un par de horas antes, al entrar en su casa, sintió que ese chico se parecía más a ella de lo que pensaba.

Se quedo mirando sus cosas.

Este chico era algo diferente, por poco que fuera, algo tenia.

El simple echo de no agarrarla y echarla sobre su cama, sin que le diese tiempo ni a mirar el color de sus paredes, ya lo hacia diferente.

Ese chico, la endulzo lentamente, y lo mejor, inconscientemente.
El era así.
Obviamente, terminaron en la cama, pero era algo mutuo, entre atracción sexual y un poco de amor, pero de ese que al día siguiente nadie recuerda.

Pero ni siquiera se molesto en desnudarla del todo, ella recordaba la melodia que el había tocado antes, con una pequeña flauta.

Y el le daba placer, mucho placer, no podía recordar nada, estaba fuera de si, se movía demasiado rápido, demasiado bien.
Todo era demasiado perfecto.

Amaneció.
Ella pensaba que todo había terminado.
Lo más trabajado que había vivido al día siguiente, un chico que junto a una nota de despedida le dejo una fresa.
Y ella quería comérsela, pero la dejo, fue a abrir la nevera y se comió las 7 que quedaban.

Al girarse, lo vio acostado a su lado.
Se quedo pensativa, se dio la vuelta y se hizo la dormida, pensando que seria temprano.

A los 10 minutos empezó a notar como una lengua, recorría su cuerpo...
Buen modo de despertarme...(pensó).

Y lo primero que le susurro al oído Sebastiann.
Era muy observador, sabia que no lo iba a recordar.

Ella se vistió rápidamente, el se metió en la ducha, y aprovecho para marcharse.
No estaba acostumbrada.
Pero no podía marcharse así sin más.


Le deja una notita, con su numero.
Estuvo todo el día pensando en porque no podía olvidarlo.
Tal vez volvía a ser una tonta enamoradiza!!

No!!
No podía ser...
Ella sabia controlar sus sentimientos!
Hay una diferencia muy amplia entre amor y sexo, y lo único que tienen en común la pasión.

No se lo explicaba, pero efectivamente no podía olvidarlo, no podía olvidar aquella preciosa melodía sacada de una flauta tan pequeña y tan preciosa...
No podía olvidar el color vino de sus paredes, ni a el encima de ella, penetrándola sin quitarle toda la ropa...


El sonido de aquella ducha se quedo grabado en su cerebro.


Llamaría o no?

martes, 31 de marzo de 2009

Lucy


Por supuesto que ella sabía que comerse de aquella manera una piruleta era un modo de seducción, lamiendo relajadamente el caramelo, alargaba la lengua, la paseaba por la superficie con sabor a fresa y después la introducía entre sus labios, hasta que quedaba oculta en la boca. Aquello, con la combinación de su vestido color rojo a lunares, podría haber hecho temblar a cualquiera, sin embargo, Sergio la miraba impasible, tachándola con la curvatura de sus cejas de guarra o algo por el estilo y Lucia no podía evitar hacer aquello con más coquetería, sabía que él tendría un limite y necesitaba rozarlo con uno de sus dedos, deleitándose en el contacto.


Descruzó las piernas y las subió sobre el banco, poniéndose de tal forma que ahora se le veían aquellas braguitas de algodón blanco que había elegido para él. Ella era una niña, una niña de 14 años demasiado tentadora, todavía no tenía los pechos totalmente formados, pero se alzaban ligeramente bajo la tela fina, pestañas espesas y manos delgadas, una voz melodiosa y una mirada profunda que bien podría haber asustado.

Claro que tentaba a Sergio, claro que se hubiese abalanzado sobre ella y la hubiese impregnado de su olor para que ningún otro macho se la quitara. Una muñeca, la virginidad al alcance de su mano, pero ella no rozaría su limite, tenía demasiado claro que un chico de 25 años, no debía acercarse a alguien como Lucia.

La adolescente se puso de pie algo molesta cuando Sergio apartó la vista al adoptar ella esa posición, y se paseó un poco entre los dos bancos, él solo se atrevía a mirarla cuando Lucia le daba la espalda, no, no podía hacerle creer lo que no debía ser.
Ella tosió un poco y dando un botecito se giró abruptamente, topando con los ojos de Sergio, sonrió y caminó hacia él totalmente decidida, una vez delante le puso una mano en el hombro y se sujetó para poder sentarse, sobre su pierna derecha, a horcajadas, como si fuese a montarle el muslo, él tragó. Ella volvió a meterse la piruleta en la boca y se acarició un mechó que tenía junto a la cara.

-Dime algo Sergio.- pidió ella con aquella voz melosa.- ¿Crees que soy bonita?

Más que bonita, perfecta, la estrella de nieve que cae entre los copos, el color rosa de los atardeceres veraniegos.

-Eres una niña normal.

Ella se removió contra el vaquero, él era consciente de que entre ellos solo habían dos piezas de ropa, su pantalón y la ropa interior de ella. Respiró hondo y la miró a los ojos.

-No soy una niña.- replicó pegándose un poco más a él, acortando las distancias, quedándose a una centímetros del cuello que comenzó a besar.

Los labios se pegaban a la piel por el caramelo, así que después de besar, Licia lamía el dulce y Sergio se estremecía. Cuando creyó que había sido suficiente, arrastrando el trasero hacia atrás se movió contra él y salió de encima de la pierna, volviéndose a poner de pié ante su cara dejando el pecho a la altura de los ojos de Sergio. Agachándose un poco le dio un beso en la mejilla y de un mordisco se acabó la piruleta, tiró el palo al suelo y se recolocó la falda.


-Las niñas no hacen estas cosas.- Sonrió de una forma infantil y se marchó a casa.

lunes, 23 de marzo de 2009

Hundida

Nunca entenderá, el porque de las fiestas del jueves por la noche.
Se despierta, y esta sola en la cama.
Hace frió, demasiado. No solo esta vacía, ni siquiera se ha deshecho por el otro lado. Aún no ha llegado.
8:00
Se levanta se ducha, esta desesperada!
No llega, pues puede que cuando el despierte la que no esté sea ella. Llueve, los dias de lluvia no le gustan, no cuando no puede salir a saltar en los charcos.
Mientras está en la ducha escucha la puerta.
Sale, esta tirado en el suelo, y muy borracho. Haciendo fuerza lo lleva hasta la cama, lo desnuda.
Le pone el pijama y lo deja acostado.
Se termina de duchar, sale y el esta de pie en el pasillo.
-Te encuentras bien quieres vomitar?
No contesta. Se acerca a ella la abraza...
-Estas borracho porque no te das una ducha?
La coje con fuerza le quita el albornoz y lo lanza.
-Para, tengo que irme, tengo clase no puedo faltar!

La coje y la estampa contra la pared!
-Dejame! No quiero! Sueltame!
-Eres mia, no tengo porque soltarte.
Nunca había conocido esa parte de el...
Le hace daño! El no es así! No pensaba que fuera así al menos!
Siempre había sido dulce...
La tira al suelo, se tumba encima de ella y la agarra por las manos!
-No! dejame! Respetame como mínimo no? Sueltame!

No se puede deshacer de el...
La penetra, ella se resiste, le hace daño y más daño!
No para...

Consigue soltarse y restregandose por el suelo moverse, esta boca abajo ahora pero el no la deja marchar...
Consigue llegar hasta una figura que había en medio del pasillo... No se atreve...
Ella le quiere le no es así... no entiende que ocurre...
Le muerde!

El para, se aparta.
Se queda con los ojos abiertos como platos...
-Que he hecho...?
Llora, ella llora ella no puede evitar llorar, se siente sucia.
El no reacciona... no puede, no sabe...

Se acerca a ella y ella no lo rechaza, pero ve en sus ojos el daño que le ha hecho...
El la quiere es lo unico que tiene, a ella...
Si se acerca ella tiembla tiene miedo... le tiene miedo...

No soporta esa sensación dentro de el...No puede que puede hacer?
En unas horas a sobrepasado un límite al que nunca se había acercado...

Ella saca todo su valor...
Aún recuerda donde guardo la maleta cuando llegó allí.
En realidad no se quiere marchar...
Pero que puede hacer?
La había violado...

Queria borrar ese día de su vida...
Se encierra...
Mete cuatro trapos, y le escribe en un papel:
[Ya te mandaré mi nueva dirección, y así me mandas el resto de cosas. La cena está en la nevera.]

Sale al pasillo y lo ve roto, llorando.
Un día le enseñaron que nunca debia permitir que un hombre la maltratara, que se debia hacer respetar.
Va bajo los efectos del alcohol.

-Por favor...no te marches...are todo lo que quieras... pero porfavor... eres todo lo que tengo no me dejes aqui solo...
-Yo no te dejo solo. Tu me dejaste sola anoche.

Coje los cuatro trastos y sin cojer las llaves se larga.
Será de lo que más se arrepienta en su vida.
Y ya no sabe, si se marcha, por lo que le ha hecho, o porque sabe que no podra soportar su mirada de dolor.
Cuando la compadezca, como si ella no fuera una persona lo suficientemente fuerte como para protegerse.



Le mandó la dirección.
No recibió nada.
Le llamo y no estaba encendido.
La localizo una antigua amiga.
Se había suicidado y había dejado una pequeña nota:
Ni con este castigo, me arrepentiré lo suficiente.

Te quiero.

Alcohol en vena



-Voy borracha.- Declara Lucía al entrar al baño, quiere cambiarse de ropa y quitarse sus tacones.

-Yo también.- admite Cesar mientras cierra la puerta con pestillo. –Necesito una ducha caliente.- Se saca la camiseta por la cabeza, Lucia deja de respirar (¿Cómo de caliente? Pregunta su perversa mente) y suelta una carcajada al verlo, llevaba meses sin observar el cuerpo de Cesar y no recordaba la manera en que la recalentaba.- Pero no mires.

-Claro que voy a mirar, te estás desnudando delante de mí.

Cesar sonríe ya en calzoncillos y apaga la luz del baño, se quedan en penumbras, aun se ve algo.

-Venga, date la vuelta.

Suelta una risita al ponerse de espaldas a la ducha, muerta de ganas por girarse y vislumbrar como el agua viaja por la piel de Cesar.

-Date tú también la vuelta, tengo que cambiarme.- Se descalza y consigue deshacerse de aquellas molestas medias que ha estado subiéndose toda la noche.- ¿Sabes? Siempre he querido acostarme contigo. – De nuevo ríe y se baja la falda empujándola con un pie.

El agua aun no se ha puesto en marcha y piensa en volverse para buscar la mirada de Cesar ante aquella declaración. No lo hace.

-¿Sigues ahí?- Pregunta esperando que él conteste.

-Sí.- Susurra despacio y cálidamente en el oído de ella, como un ronroneo, pecho contra espalda.
Lucia se plantea tirar las piernas hacia atrás y entrar en contacto pleno con él. Tampoco lo hace. No esperaba aquel asalto, pero lo estaba deseando. Las manos de Cesar se colocan al borde de su camiseta, tira hacia arriba. Cuando el trozo de tela cae al suelo, ella lo vuelve a apartar con el pie.
Deberían tener frío, en cambio arden.

Lucia empieza a darse la vuelta.

-Te he dicho que no mires.- Cesar la muerde en el hombro y sujeta sus manos.

La ropa interior de Lucia se humedece y gime un poco por la mezcla de dolor y placer que la deshace de dentro hacia fuera. Aprieta los dientes y se retuerce dando un paso hacia atrás. Él se mantiene en su sitio, al siguiente empujón pierden la estabilidad y ambos caen al suelo, Cesar la suelta y se echan a reír como dos niños que solo jugaban.

-¿Te he hecho daño?- Dice ella intentando ponerse en pie, él se lo impide y a base de hacer fuerza consigue tumbarla contra el suelo del baño, boca arriba. Cesar niega con la cabeza y gatea sobre ella hasta quedarse a la altura de su boca, no la besa, no se besan, se miran y sonríen con complicidad.

Bendita tortura puede llegar a ser una lengua, que inicia su recorrido en la oreja, descendiendo por el cuello, miles de llamas que encienden un cuerpo. Se detiene para deshacerse del sujetador de Lucia y se entretiene tras quitárselo, en sus pechos redondeados con piel de gallina, saliva por todo el cuerpo, llega al ombligo y juguetea con el piercing, continúa, evade las bragas, las salta y Lucia maldice. Mordisquea los muslos, besa sus rodillas y la mira. Ella está enfadada.

Cesar le coge las piernas y las separa. Entonces su lengua lame donde ella lo necesita con el tejido de por medio, mientras le pellizca el costado. Lucia le tira del pelo y alza las caderas. Se miran, se ríen.

Él se deja caer al lado de ella. Lucia cree que tiene fiebre por el cuerpo y no puede evitar los jadeos, todo el mundo da vueltas y las sombras se mueven a su antojo. Con un dedo recorre la piel de Cesar, despacio, muy despacio y le tararea una canción estúpida en el oído. Le muerde el brazo.

-Puta, duele.- se queja.

Sonríe y para. Para el mordisco, el dedo ha seguido bajando y ahora acaricia el abdomen, aplana la mano abarcando toda la superficie que puede, sin vergüenza se mete por debajo de la goma del slip, él cierra los ojos, pero ella no puede verlo con claridad. Envuelve el miembro, se relame los labios.

-¿No ibas a ducharte?

Ahora es la mano de Cesar la que se cuela entre la humedad de Lucia. Se imagina a toda la gente que debe haber bajo y eso la excita más. Ambos aceleran el ritmo. Pega el cuerpo al de él, sus pezones endurecidos acarician el pecho de Cesar. Le lame el cuello sin dejar de masturbarle y busca su boca, de nuevo a escasos centímetros y los gemidos de uno se confunden con los del otro, huelen a alcohol. Él se acerca, quiere besarla, Lucia se aparta y sonríe, aquello acaba en bocado, ese es su castigo, pero cada vez que Cesar le clava los dientes Lucia cree morirse del gusto.

Empiezan a temblarle las piernas, lo sostiene con más fuerza, le besa la oreja, le jadea, mordisquea su lóbulo y se deshace contra la mano de él. Cuando Cesar ve como Lucia arquea la espalda aprieta la mandíbula y pone esa cara de malo que ponen todos, lascivia, se corre. Ella se ríe satisfecha, aun están borrachos. Alargan la mano hasta el bidet para lavársela y se acurrucan después el uno en el otro.

Tocan a la puerta, cierran la boca, intentan abrir.

-Ey, quien esté dentro que abra.- dice una voz al otro lado.

Cesar señala a Lucia y le hace un gesto para que hable. Ella duda.

-No puedo, ahora saldré, se me ha caído encima bebida y voy a darme una ducha caliente…
Si alguien vuelve a preguntarme haré otro ¬¬

El hombre del cigarrillo.


Ding dong. El timbre.

Gisele mira el reloj. No lo espera tan pronto, aunque ya está lista. De todos modos, decide hacerle esperar. Él llama dos veces más.

Deja que llame una tercera y se quita los pendientes. Avanza despacio hacia la puerta, y la abre a la vez que finge ponerse los pendientes.

- Espera un momento, ya casi estoy.


Gisele sabe guardar las apariencias. Pasea cogida del brazo de él, le sonríe y finge que le escucha. Se deja arrastrar a un restaurante elegante. Come y se comporta con elegancia, se mueve con gracia. Una chica refinada, toda una señorita. Una mujer seria.

Pero no, la seriedad no le va demasiado. Lo que ella espera de ese hombre es sexo. Única y exclusivamente. Si se deja llevar a cenar es sólo por guardar las apariencias, aunque está segura de que su acompañante sabe perfectamente qué clase de chica es ella. Una chica fácil.

Terminan de cenar. El café en mi casa, ofrece Gisele. La cuenta y la última copa. El camino de regreso es lento, aunque los dos quieren terminar cuanto antes.

Adicta. A Gisele le gusta mucho el sexo, pero los hombres la aburren. Por eso, cada vez es con uno diferente. Adicta. Pero últimamente el propio sexo la aburre.

Llegan a su casa. Él va al baño, y ella entra en la cocina, sin la más mínima intención de hacer café. Un vaso de agua y mira por la ventana.

Ya no se siente excitada. Saber que va a tener sexo le provoca la misma emoción que fumar un cigarrillo. Sabe que es placentero, pero también sabe que se lo va a fumar, sí o sí. Un polvo y un cigarrillo, sólo duran un par de caladas. Adicta, no excitada.

Ahora quiere un cigarro. Mira por la ventana, mientras espera a que él vuelva. Fumará después. Siempre ha pensado que esa ventana es demasiado grande para una cocina. A menos de cinco metros hay otro edificio. ¿Para qué una ventana tan grande para ver sólo ladrillo?

No, no es sólo ladrillo lo que ve. Desde ahí puede ver otra ventana, una sola, la única a esa altura del edificio de enfrente que da a esa calle. No es tan grande, y la luz está apagada.

Se oyen pasos en el pasillo. Él está viniendo, pero Gisele sigue mirando la ventana de enfrente. Y entonces distingue, en medio de la oscuridad, un punto rojo, que aumenta y decrece.

Él entra. Se acaba el teatro. La rodea desde atrás y empieza a morderle el cuello. Pero ella sigue mirando. Ahora alcanza a ver una oscura silueta, casi invisible en la oscuridad. Un hombre la está mirando, mientras se fuma un cigarro.

Mientras, él ha subido sus manos hasta sus pechos, y se los masajea con ansia, y le muerde ahora la oreja. Ella gime para contentarle, y sigue mirando. Sabe quien es el hombre que la mira. Compra el pan en el mismo horno que ella, y es socio del mismo videoclub. Más próximo de los cincuenta que de los cuarenta, es un de esos hombres que solo se vuelven atractivos cuando en su cabello empiezan a aparecer canas y dejan de afeitarse a diario. Uno de esos hombres a los que el paso del tiempo les vuelve sexys.

Él sigue masajeándole los pechos. Le ha quitado la blusa y le ha descolocado el sujetador. Ella sigue mirando, y el hombre del cigarrillo la mira también. Ella no puede verle la cara, pero sabe que mira. La mira y fuma, y ella se excita. Quiere que siga mirando, mientras otro hombre se la tira. Quiere que mire, quiere que vea todo lo que va a hacer.

Se gira y besa al hombre que va a formar parte de su función. Lo giro y lo estampa contra la encimera, y ella se pone enfrente. De este modo, puede seguir mirando a la ventana. Se quita el sujetador y deja que él le lama los pechos, mientras ella le baja la cremallera del pantalón. Se agacha y libera su erección. El jadea mientras ella hace. Gisele sabe que el hombre está viendo eso, y se lo introduce más adentro.

Se incorpora. Él sigue jadeando, y ella mira la ventana mientras se relame. Se desnuda y lo aparta de la encimera. Se tumba boca arriba, con las piernas colgando hacia el suelo, y la cabeza hacia atrás. Así puede mirar la ventana, aunque lo ve todo al revés. Él hace ademán de desnudarse también, pero ella le dice qué quiere que haga.

Los hombres la aburren. La fastidian. Nunca saben lo que una mujer quiere. Hay que explicarles constantemente qué es lo que tienen que hacer. La aburren.

Mientras él recorre con la lengua su interior, ella grita. Lamenta entonces no tener la ventana abierta para que el hombre pueda escuchar sus gritos. Se corre, más por la excitación de ser observada que por el placer que le están dando.

Lo coge ahora de la camisa y lo tumba sobre la encimera. Le quita los zapatos, los calcetines, los pantalones y los calzoncillos. Le deja puesta la camisa, y de reojo puede ver el cigarrillo encendido en la ventana de enfrente.

Abre las piernas y se coloca encima de él. Poco a poco lo introduce dentro de su cuerpo. Empieza a mover las caderas arriba y abajo. Apoya la cabeza en su hombro derecho, y gira la cabeza en dirección a la ventana. El hombre sigue allí. Gisele sonríe y entonces se mueve más y más rápido, subiendo y bajando más las caderas, con más fuerza, casi con violencia. El cigarrillo del hombre todavía no se ha consumido.

Finalmente él se corre, después de que ella haya tenido otro orgasmo, del cual él no tiene el mérito. Gisele se incorpora, quedándose sentada en la encimera, desnuda, y lo empuja para que baje.

Mientras él se viste, ella contempla la ventana. Busca entre su ropa, y saca su pintalabios rojo. Se pinta los labios con la boca entreabierta. Mientras el hombre da su última calada, ella besa el cristal, dejando la marca de sus labios. Un beso para su espectador. A ti te dedico este polvo.

El cigarrillo casi se ha consumido por completo, pero antes de que el hombre lo apague, Gisele puede distinguir con facilidad, a pesar de la oscuridad, la sonrisa morbosa y pícara que el hombre le brinda.

El espectáculo le ha gustado.

domingo, 22 de marzo de 2009

Revolviendo el futuro...


Viaje de vuelta.
Tres horas encerrada en un tren.
La despedida ha sido horrible.
Y al final nadie me ha acompañado a visitarte.
La verdad tampoco quería.
Así tenía más tiempo para estar a solas contigo.

Los últimos meses estuvimos muy juntos, muy unidos.
Hasta te tuve que compadecer, cuando te despediste de tu novia, y de tu exnovia.
Seis meses sin verte. Unas tremendas ganas y tras un accidente el tren se retrasa dos horas!

Me habíais preparado una cena pero os dije que hicierais marcha.
Gorka me recoge a las 11:30 en la estación de sants.
Nos dirigimos directamente a su piso.
De tus tres compañeros de piso solo conozco a uno pero no es momento de presentaciones.
Nos encerramos.
El abrazo que tanto había esperado. Sí, valía la pena haber venido.
Me coges en brazos y me lanzas sobre la cama.
Cuantas cosas que contarnos.
-Layla, mañana quiero hacer una locura…
-Pero…sobre que?
Sonríe.
-En realidad no creo que aceptes…
-Pero que es?
-Vamos a tatuarnos lo que tu quieras pequeñito, escondido, pero que nos una.
-Jaja! estas loco!
-Aceptas?
-Acepto
-Tienes sueño?
-Bastante.
-Ponte el pijama y a dormir!
-Jaja

Me quito la ropa, no será la primera vez que me ve desnuda.
Me acuesto y obviamente iba a dormir conmigo.
Ahora los dos solteros, los dos que nos gustamos…
La habitación tiene cerrojo.
Diez minutos después ya estaba cerrado.
Los dos sabíamos como iba a terminar.
Me das un beso en el cuello, me acaricias la barriga, como sabes lo que me gusta!
Sabías que no te iba a rechazar.
Te pones encima de mi.
Nuestras piernas cruzadas, tu acariciándome toda, con ropa, pero toda.
Me quitas la camiseta lentamente, y luego el sujetador.
Con tu lengua repasas mis pechos poco a poco, con la mano acaricias, y luego tocas, fuerte.
-Me encantas.
-Sabia que iba a pasar…
-Cuanto tiempo…
-Cuantos años…

Te quito la camiseta.
Tus manos dentro de mi pantalón y besándome.
Y es que una vez empiezas no se puede parar.
Bueno si, pero nunca con una sonrisa.
Me quitas el pantalón, y con el las bragas.
Tu boca empieza a bajar, tu mano restregándose y dentro de mi un dedo, y de mi boca un gemido!
Como me puedes poner tanto!
Y tu boca, y tu lengua!
No me puedo estar quieta!
Me retuerzo de placer entre las sabanas!
Me pones encima, te como todo el cuello, se como te gusta, te soplo…
No era la primera vez…
En mi cabeza no cabe nada más…
Te quitas le pantalón…
Dentro de mí!
Que intenso, que exagerado!
Prácticamente no he podido participar…
Grito! Nosepuede evitar!
Pero en poco tiempo estas gritando tu…
Vuelto a gritar, y otra vez…
Terminas, me abrazas, me besas…
Te beso!
Nuestras lenguas no se quieren separar…
Y volvemos a empezar…
Al día siguiente la locura. Me dolía. El tatuaje estaba bajo el ombligo a la derecha.
Una semana y tres horas en un tren y aún me dolía.
Una preciosa estrella que te iba a provocar dormir unas semanas boca abajo.
Tu lo llevabas en la espalda.
Llego a Valencia.
Aquí no me recoge nadie.
No me puedo quitar tu propuesta de la cabeza!
[-Quédate no te marches…
-Mitren sale en dos horas…
-No lo cojas, no vuelvas quédate aquí conmigo…]
Recuerdo la noche que te marchaste. No pude dormir. Decidí no marcharme contigo. Aún no. De las siete personas que más me habían importado me quedabais dos.
Y en diferente ciudades. Mi familia era diferente, a nadie le importo el día que me marche de casa.
Vosotros sois mi verdadera familia. Llego a casa y entro. Ahí esta mi compañero de piso Jorge. La segunda persona.
A el no le podía dejar solo en esta ciudad.
O se venia conmigo o no me marcharía. Pero tampoco podía vivir con los dos.
En el último mes me había acostado con los dos. Varias veces.
No quería que viera mi tatuaje.
De cada cosa que me hacia se enamoraba más de mi cuerpo.
Y sabía que le iba a gustar y eso terminaría en su cama. No al día siguiente aunque sabia que a Gorka no le iba a importar.
Tal vez un poco de celos pero nada más.
Abrazo a Jorge con cuidado de no hacerme daño con el tatuaje.
-Te he echado de menos…
Que le podía contestar? Una mentira? La verdad…
-Yo también…
Mi cabeza es un puto batido de fresas con nata!
-Me voy a la ducha.
-OK

Voy desnudándome y pum! Entra de repente al cuarto de baño!
-Te has hecho un tatuaje?!!
-No te han enseñado a llamar!!!
-Es que te esta llamando Gorka…
-Ah…
Tras la ducha salgo a hablar con el…
-Te gusta el tatu?
-Si te queda way…
-oye…
-Que?
Le cuento lo de Gorka creo que se merece saberlo…
Se queda mirando el suelo.
-Me quiero ir a vivir a Barcelona.
-Que?!!!
-No te puedo obligar a que te vengas pero…me gustaría…
-Te vas? Y yo que? Me quedo aquí? solo?
-Tienes a los demás…
-Los demás? Si quisiera estar con los demás viviría con ellos y no contigo!
-Entonces me quedo…Yo no quiero separarme de ti…
-Me voy contigo…
-ENSERIO?
-Sí! Me voy contigo! Es lo que tu quieres desde hace mucho! Además allí hay más curro…

Le abrazo…nunca pensé que seria tan fácil…que lo conseguiría…me mima…
Se queda con su cabeza en mi hombro…Se viene…nos vamos…

No había que ser muy listo para saber que Gorka no estaba enamorado de mi.
Era una dura amistad muy fuerte, pero con algún que otro derecho…

-Te quiero, no puedo vivir sin ti…si tú te vas, yo me voy contigo…

Jorge se me estaba declarando…
Me deje caer y rápidamente me atrapó. Mis lágrimas caían sin parar.
Me secó la cara y me tumbó en el sofá.
Directamente se tumbo encima de mí. Cariñosamente y con su cabeza en mi barriga.
Observando mi tatuaje.
Yo no había dicho ni una palabra. Fue repentino. De esos venazos que me dan a mí.
Darme cuenta de algo que no podía ocultar.
Yo no podía vivir sin el ni el sin mi. Eso significaba algo. Me giré y me puse encima de el. Le empecé a besar.
-ámame
Me cogió y nos fuimos a la cama.
No me lo estaba follando. Estaba”haciendo el amor”.
Era lo mismo pero al mismo tiempo todo lo contrario. Le quite la camiseta. Los pantalones…
Me coge las manos y las pone donde más le gusta…
En su inconfundible erección…
Le gusta…Se corre, y tras eso me desnuda rápidamente. Tampoco llevaba mucha ropa…
Dentro de mi. Había estado muchas más veces, pero esta vez era diferente…
Me provoco un orgasmo, un gemido, otro, pero después, una sensación d ela que no me pude desprender…
Y se quedó abrazado. Se durmió…
Yo empecé a pensar en nuestro piso…
En Barcelona.

Al final fueron tres estrellas las tatuadas…
Y fue un piso para tres…

Confusión.


Carlota no sabía exactamente cuánto hacía que conocía a Fernando. Sabía que no era mucho, tan sólo un par de meses, tal vez tres, tal vez cuatro. De hecho, no podía decirse que realmente lo conociera. Él no se había dejado.
Y ahora pensaba en él y se sentía estúpida. Estúpida por todas las lágrimas que había vertido por él, y por las que no conseguía secar aún.
Estúpida.
Fernando era… no podía decirse que fuera el amor de su vida, ni nada parecido. A veces se confunden amor y obsesión, y esto es lo que le sucedió a Carlota. Fernando era su obsesión, su gran capricho.

Fue una de esas noches. Los de siempre, donde siempre. Carlota no tenía demasiadas ganas de ir, pero Jaime se lo había pedido. Carlota no era una persona fácil de convencer, por eso se sorprendió al ceder tan fácilmente. Pero, ¿para qué engañarse a sí misma? Jaime era un chico diferente a cuántos había conocido. Cuando lo conoció, pensó que era sólo fachada, pero pronto descubrió que estaba totalmente equivocada. Resultó ser una persona realmente singular, y a Carlota la maravillaba. Él había confiado en ella desde el primer momento, y pronto e hicieron amigos. Disfrutaba mucho de su compañía, por eso acudió esa noche. Por él.
Como cada fin de semana, acudieron a casa de Samuel. Eran muchos, y la noche era larga. Carlota no quería separarse de Jaime. Con él se sentía segura, protegida, sobretodo protegida de Fernando. Pero Jaime iba a la suya, y Carlota no quiso pegarse toda la noche a él, como una niña, para no agobiarlo.
Estaba más pendiente de Fernando, pero de él intentaba mantenerse alejada.

Iba pasando la noche, y el alcohol se sumó a la fiesta. Como siempre, al principio todo fueron risas. El alcohol vuelve a todo el mundo simpático y divertido, pero sólo al principio. Las lágrimas no tardaron en aparecer de nuevo, pero esta vez más escasas.
Carlota lloraba por Fernando, como de costumbre, o quizá por costumbre. Buscó a Jaime para refugiarse en sus brazos, y él la estrechó con fuerza. Se sentó encima de él mientras él prestaba atención a otras cosas, pero de vez en cuando la abrazaba o la besaba con dulzura en la cabeza, en la mejilla o en el cuello, como para recordarle que seguía ahí, protegiéndola.
Y entonces, oh vaya, ¡sorpresa! Carlota se dio cuenta de que no cambiaría ese momento por nada. No cambiaría esos brazos que la rodeaban por ningunos otros, ni siquiera por los de Fernando. Ni una sola vez con Fernando se había sentido tan bien como se sentía en ese momento con Jaime.
- ¿Tienes sueño?- le susurró a la oreja. Carlota se estremeció.
- Sí-. No escuchó su propia voz al responder.
- Venga, vámonos a dormir.
Encontraron una habitación en la segunda planta. Era pequeña. Una cama con cabecera de madera coronaba la estancia. A la derecha, una mesita de noche, con tres cajones y una lámpara sin bombilla. A la izquierda, un gran armario, demasiado grande pare esa habitación, dificultaba la entrada a la habitación, pues impedía que la puerta pudiera abrirse completamente. La única luz que había era la que se filtraba a través de las cortinas, blancas, que llegaban hasta el suelo..
A trompicones llegaron a la cama. Sin desvestirse, Jaime se tumbó boca arriba, cogió del brazo a Carlota y la arrastró con él. Le cayó encima. El la abrazó con fuerza y giró la cabeza hacia el otro lado. Pasaron unos minutos sin que ninguno dijera nada, hasta que Carlota creyó que se había dormido. Aprovechó para ponerse cómoda. Con cuidado se quitó los zapatos y las medias, y se colocó boca abajo, justo encima de él, y rodeo su cuerpo con los brazos. Al notarla encima, el la abrazo más fuerte, apretándola contra su cuerpo, y le dio un beso en la mejilla.
Pero Carlota había decidido que no se iba a contentar sólo con eso. Cambió de posición, de manera que su sexo rozara el de él, y le dio con húmedo beso detrás de la oreja. Al momento se arrepintió. Él era su amigo, no la veía así.
¿Qué demonios estaba intentando hacer?
Pero él no se apartó, ni pareció molestarse. En vez de eso metió su mano bajo la camisa de Carlota, y empezó a acariciar su espalda, mientras la otra la deslizaba despacio hacia su cadera. A Carlota le gustaba prolongar estos momentos, alargarlos para incrementar el deseo, el suspense, la emoción, pero ya no podía más. Con una mano acarició los labios de él, y con la otra le giró la cabeza, pero fue él quien la besó.
Dulce y tímido al principio, ardiente y desinhibido después. Él deslizó las manos desde la espalda de ella hasta su trasero, y allí hundió las manos debajo de su falda, acariciándole con fuerza, y la cogió impulsándola desde las nalgas para subirla más arriba, obligándola a abrirse de piernas. Fue entonces cuando ella notó su erección, y se le escapó un gemido, que lo estimuló más. Con las manos recorrió todo el cuerpo de Carlota, sin quitarle la ropa, entreteniéndose en acariciarle con más intensidad en aquellos lugares que parecía gustarle más.
Ella estaba extasiada. Con un ansia enfermiza le besó y le mordió, y cuando se le acabaron los lugares donde morder, lo obligó a sentarse para poder quitarle la camisa.
Con el pecho desnudo, él aprovechó que ella también estaba sentada, y volvió a hundir su mano bajo la falda, esta vez por delante. Primero la acarició con delicadeza, y ella gimió. Luego, de forma brusca, enterró los dedos en su interior, caliente y húmedo. Ella gritó y recostó hacia atrás, boca arriba, para facilitarle el acceso. Él aumentó el ritmo, e introdujo otro dedo. Ella se agarró a las sábanas, mientras gemía como no lo había hecho nunca.
Pero antes de que ella alcanzara el clímax, el paró. Aturdida, observó como se quitaba los pantalones, y después los calzoncillos, quedando completamente desnudo. Ella seguía vestida. Durante un instante él la miró a los ojos, a la vez que le acariciaba la mejilla, con infinita ternura. Siguió acariciándole, esta vez los labios, y la volvió a besar, cogiéndola de la nuca, levantándole un poco la cabeza. Después, despacio, se separó, y ella se subió la falda, casi al mismo tiempo que el empezaba a bajarle las bragas, muy muy despacio, mientras se colocaba justo encima de ella.
Entró dentro de ella, poco a poco, y casi al instante tuvo el primer orgasmo de la noche. Mientras ella gritaba, él empezó a moverse más rápido, con más fuerza, más salvajemente, mientras excitaba el resto de su cuerpo con los dientes y la lengua. Pronto, Carlota tuvo otro orgasmo, y luego otro más. Él estaba agotado, sudoroso, tanto que las manos de Carlota resbalaban por su espalda. Y, cuando ya no pudo más, la abrazó con toda la fuerza que le quedaba, penetrándola una última vez, con fuerza, y la besó sediento, antes de unir sus gritos a los de ella.
Y quedaron así, abrazados, húmedos y acalorados, satisfechos, envueltos entre las sábanas, mientras abajo todavía se escuchaban las risas de los demás.

Carlota no sabía cuánto tiempo había pasado cuando despertó. Notó unos brazos que la rodeaban. Era Jaime. Estaba dormido, y aún era de noche. Lo miró durante unos minutos, sonriendo. Los dos estaban vestidos. Carlota dudó.
¿Lo había soñado?
Entonces, mientras contemplaba a Jaime… Te quiero. No. ¿Lo quería? Pensó en Fernando. No, no prefería que fuera él quien estuviese tumbado a su lado. Pero también había creído quererle a él. ¿Había confundo amor con una obsesión? ¿O estaba confundiendo ahora la amistad con el amor?
Mientras pensaba en todo esto se acurrucó más contra Jaime, y lo abrazó como pudo. Estaba tan a gusto a su lado…
Y entonces se abrió la puerta.
Carlota se incorporó. Fernando la contemplaba desde fuera.
- Carlota, ¿puedo hablar contigo un momento?